Sólo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y de la primera no estoy completamente seguro.
A Einstein

Perpleja y Atónita

Pues yo nací a los nueve meses de casarse mis padres (clavados, sé exactamente dónde me hicieron) y hasta los cuatro años o así no me acuerdo de gran cosa. Por aquella época era rubia, pero me curé pronto de eso. Para mis dos primeros cumpleaños, mis padres me regalaron hermanitas. Luego se dieron cuenta de que el sueldo de funcionarios no daba para mantener semejante explosión de natalidad y cuando cumplí tres años me regalaron la Barriguita India. Como traumas infantiles, destacaré que una vez me apoyé en un árbol del jardín de mi abuelo y, tres segundos después estaba cubierta de hormigas. Mi abuelo, que no se andaba con chiquitas, me las quitó a manguerazos. Desde entonces, me caen gordas las hormigas, por más que mi padrino, el cura, tratara de convencerme que ellas “también son de Dios”. Mi respuesta era que, en ese caso, se las llevara todas al cielo. Ahí se inició mi complicada relación con Nuestro Señor (que últimamente ha quedado en la pura indiferencia por ambas partes). También pillé una pulmonía cuando estaba en segundo de parvulario, pero gracias a ella me libré de bailar “Los Pajaritos” disfrazada de pollo naranja en la función de Fin de Curso, así que no hay mal que por bien no venga.

Crecí más o menos normal. A los siete años, mi padre, todo y seguir vivo, me legó la única herencia que iba a recibir de él: la miopía. Lo de ser una cuatroojos me traumatizó un poco al principio, hasta que descubrí que, gracias a las gafas la gente se creía que yo era lista y me ahorraban mogollón de esfuerzo. Aprovechando la suerte de ser gafotas, fui tirando hasta el instituto. Allí descubrí lo fácil que era saltarse clases y me dediqué a ello con entusiasmo. Luego me matriculé en la universidad, pero la Facultad de Pedagogía estaba jodidamente lejos de mi casa y el bar Begoña, increíblemente cerca. Total, que colgué la carrera porque me daba pereza atravesar el pasillo que conecta la Linea 2 con la 3 en Paseo de Gracia, pero cualquier día de estos vuelvo y la acabo.

Como ya no estudiaba, me puse a trabajar. A día de hoy, sigo arrepintiéndome de no haber aceptado un curro que me ofrecieron como taquillera en un cine X. De haberlo hecho, este blog sería sin duda más interesante. He sido cuenta cuentos, monitora medio ambiental (sin tener ni papa del tema e inventándomelo todo sobre la marcha), payaso, monitora de comedor, dependienta en un video-club, camarera y cajera. Incluso estuve una temporada currando en un banco. Últimamente soy un poco jefa, pero como nadie me toma en serio, no lo llevo mal. Menos cuando tengo que ir a reuniones en las que no me entero de casi nada, claro, o en las que me obligan a conducir karts. Mi objetivo laboral a medio/largo plazo es ser funcionaria, porque así ya no tengo que preocuparme más del curro y, además, te dan seguro la tarjeta del Corte Inglés y te pagan una mutua privada de por vida (lo que dice mucho sobre la fe del Estado en el sistema sanitario público). Otro objetivo es que me toque una Primitiva, pero cómo la única lotería que me acuerdo de comprar es la de Navidad, la cosa está difícil.

Como me insisten en que dé alguna explicación a lo de “Atónita y Perpleja”, aclararé que es un homenaje a Sandra (compi de piso durante tres años) y a una servidora: ella es Atónita y yo Perpleja, y nuestro estado natural es de continua estupefacción ante todo. De ahí que usemos a menudo frases como “lo flipas”, “te cagas lorito”, “pa mear y no echar gota” o “¿¿CÓMO??”, que reflejan, además de nuestra capacidad para quedarnos patidifusas con todo, nuestra escasa madurez y falta de recursos lingüísticos ( que en el caso de Sandra es muy grave, porque ella es licenciada en Hispánicas. Pero tiene la teoría de que uno puede hablar como le dé la real gana, siempre y cuando escriba con corrección). En cuanto a lo de Clarita, viene de un comentario de la Sara, una vez que estaba viendo “Heidi” en el sofá de la Lore, toda despanzurrada y sin intención de moverse ni para ir al baño. Era el capítulo en el que Clara la Paralítica se asusta de una vaca y echa a andar, después de toda la serie en silla de ruedas y así, por escrito, la que soltó por esa boca que Dios le ha dado no tiene gracia, pero lo de “Clarita anda” pasó a la historia.

Y aparte de eso, no hay gran cosa más qué contar. Sólo que, si alguna vez estáis por la Rambla Catalunya y veis el Hotel Calderón, que sepáis que a mí me hicieron justo allí.