Fragilidad
2 de May, 2008
Lisboa, 30 de julio de 2007
Reflexiones posibles: pues no se me ocurren demasiadas, pero me encantó la idea. ¡Larga vida al azulejo!
Sólo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y de la primera no estoy completamente seguro.
A Einstein

Lisboa, 30 de julio de 2007
Reflexiones posibles: pues no se me ocurren demasiadas, pero me encantó la idea. ¡Larga vida al azulejo!
Por fin domingo! He sobrevivido a otro Sant Jordi, aunque lo mío me ha costado. Catorce días seguidos currando, miles de ejemplares del libro del Zafón cobrados, kilos y kilos de papel de regalo cargados y esas cosas que me pasan en el curro, pero he llegado al domingo viva y dispuesta a cumplir mi juramento de que hoy sólo me levantaría de la cama cuando las ganas de ir al baño fueran insoportables.
Sobre el día del Libro, con retraso, mi impresión es que seguimos como siempre: se compran libros porque hay que comprarlos y el resultado es que todo el mundo compra el mismo porque no tiene tiempo ni ganas de preguntarse qué es lo que al otro le apetece leer, si es que la lectura le gusta. Total que una fiesta “cultural” acaba siendo lo mismo que todas las demás, una excusa para gastar. A favor de Sant Jordi, diré que es una de mis fiestas favoritas, porque no es festivo pero lo parece ya que la disciplina habitual se relaja y todo el mundo se comporta como si estuviera de fiesta. Además en mi caso, me han regalado cosas chulas: el Gestor del Blog, un libro de frases de críos pequeños de El Hormiguero (por aquello de que me hacen gracia las paridas que dicen los niños y porque le pedí que no me comprase la segunda parte de Los pilares de la tierra hasta que no se me cure la contractura que tengo por haber cargado con la primera durante un par de semanas). Además, le compró mi rosa a una gitana en una esquina, que es lo que procede en esta fecha, así que ha superado su primer Sant Jordi como novio bastante bien. La Carmita, un libro de física para tontos que me hizo mucha ilu: soy de letras, pero las palabrotas científicas que suelta ella me fascinan; y mis Santos Padres Este rodaje es la guerra, que es un libro muy gordo, muy pesado y muy caro al que yo le tenía muchas ganas. Yo, al Gestor del Blog le regalé un par de libros sobre Barcelona, porque le gusta, a mi mami La otra Bolena, porque le gustó “Los Tudor” (sin comentarios) y a la Carmita y a mi papi, nada porque apenas leen y comprar por comprar es tontería.
Por lo demás, este año como todos, sigue siendo válido lo que ya escribí en una ocasión, así que me plagio a mí misma y santas pascuas, porque ahora mismo me voy a disfrutar de mi primera tarde libre en muchos, muchos días.
Soy un daño colateral del Día del Libro. Estoy r-e-v-e-n-t-a-d-a. Y aún así, me ha dado para hacer algunas reflexiones sobre el tema. Hacer un Día de Lo Que Sea es la puta bomba desde el punto de vista comercial. Si hicieran el Día del Monóculo, la gente se agolparía en las ópticas - o en los anticuarios- a comprarlos por la simple razón de que eso es lo que hay que hacer ese día. Gente que, durante 364 días al año vive convencida de que los libros sirven para decorar las estanterías o para calzar una mesa coja, se estresa y se gasta un pastón el día 23 por la simple razón de que es lo que toca. Hay que comprarles libros a tus familiares y amigos y, si no les gustan, te sientes obligado a comprarles otra cosa. O, si eres ortodoxo y decides que hay que regalar un libro por cojones, te vuelves majara buscando algo que pueda apetecerles leer. He establecido tipos de compradores y todo, y eso que mi cerebro ha estado en piloto automático casi todo el día. Va sí.
1. El que no lee y compra libros para alguien que tampoco lo hace. Este año compra El juego del Ángel o Un mundo sin fín. Resultado: una avanlancha de gente que vendrá a devolverlos porque le han regalado tres veces el mismo libro.
2. El que no lee y compra libros para alguien que sí lo hace. Fácil: trae el título y el autor anotados en un papel. Juegan sobre seguro.
3. El que sí lee y compra libros para alguien que no lo hace: acabas por no saber si quiere comprar el libro o inscribir al otro en una agencia matrimonial: “Quiero un libro para un hombre de treinta y cuatro años al que le gusta el montañismo, el chocolate y ver CSI”
4. El que sí lee y compra libros para alguien que también lo hace: como tenga un poco de empatía se vuelve loco buscando algo que le vaya a gustar al otro. Si no la tiene le comprará lo que él quiere leer. Resultado: gente inocente que acaba recibiendo biografías de Winston Churchill y, mientras trata de disimular su perplejidad escucha al otro decirle, emocionado: “en cuanto te lo acabes, déjamelo”. Por cierto, esa frase es una putada porque pulveriza cualquier posibilidad de cambiar la cosa esa sobre Churchill por el Kama Sutra ilustrado, que es lo que te apetecía leer en realidad (existen unas mil versiones del Kama Sutra lo cual me lleva a pensar que, después de que varias generaciones no se enteraran de un pijo, las editoriales comprendieron que los occidentales necesitamos que llamen al pan, pan y al clitoris, clitoris e incluyan un mapa para que entendamos algo. E, inmediatamente, se pusieron a la labor de adaptarlo)
Podría seguir machacando el tema pero… bueno, estoy cansada y, después de pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que meterse con los hábitos de lectura de los demás es de lo más snob.Al fin y al cabo, aunque el Ulisses de Joyce sea el no va a más de la Literatura Universal a mi me da dolor de cabeza sólo con abrirlo mientras que reeleré encantada de la vida cualquier libro de Terry Prattchett. Como me dijo una clienta esta semana, mientras pagaba un libro de Manga para su hija ” esto es una mierda, pero así al menos lee. Y eso es lo que importa, ¿no?”
Pues eso. (23/04/06)
Según he descubierto hoy, el edificio en el que yo vivo actualmente fue construido en el 1868, nada menos. Eso explica el hecho de que el suelo no esté recto o nuestra convicción de que compartimos piso con Los Otros. Lo que no explica es el drama constante que vivimos con el ascensor porque aunque fuese del siglo XIX funcionaria con más frecuencia que éste. La regularidad con la que ofrece sus servicios a los inquilinos sólo puede calificarse de espasmódica. Funciona cuando le da la puta gana, que suele ser dos días de cada tres. La portera se esconde cada vez que hay que volver a colgar el cartel de “NO FUNCIONA”. Sí tengo portera. Son cosas que tiene l’Eixample. Otra cosa que tiene, aparte del hecho de que en cada rellano el número de apartamentos varia en función de en cuántas partes dividieron el pisazo-de-familia-de-casa-bona, es que después de seis meses sólo conozco a cuatro vecinos: un señor que siempre está paseando a su perro, la chica que vive al lado y su novio argentino y una super loca de dos metros que aprovecha la mínima excusa para vestirse de Drag Queen. Sospecho que aquí vive mucha más gente. El caso es que sólo lo sospecho porque sólo coincido con los vecinos en el ascensor. Y como nunca funciona…
Y sin embargo, el espíritu humano ha conseguido que aquello que nos está separando sea lo que, finalmente, nos une. Y si no, para muestra lo siguiente: el sábado por la noche apareció esta pintada en la porteria, junto al dischoso ascensor del tiempo de Julio César:
Y el domingo por la mañana ya teníamos esta otra:
Y esta tarde, ésta.
No nos vemos nunca pero al final, la liaremos todos juntos.