Sólo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y de la primera no estoy completamente seguro.
A Einstein

Revisando los álbumes de fotos familiares constato dos cosas: la decadencia del álbum de fotos y el cambio de actitud social ante la fotografía. Hace años que no uso un álbum de fotos y ni me acuerdo de la última vez que pasé una foto a papel. Todas las imágenes que he ido recopilando durante los últimos cinco años han acabado en el disco duro del ordenador que haya estado usando en ese momento, lo cual quiere decir que he perdido unas cuantas cada vez que el ordenador de turno se ha ido a la porra. A no ser que haya tenido la previsión de guardar una copia en un disco duro externo… lo cual tampoco garantiza nada, porque un mal golpe, por ejemplo, puede acabar con él. En resumen, que nuestro patrimonio fotográfico es actualmente tan frágil como antes, cuando había negativos que no paraban de perderse, romperse o velarse. Si hay algo que nunca dejaremos de tener son motivos para lamentarnos.

sundance_kid_and_wifeLa diferencia es que ahora tenemos muchas más fotografías que perder. Mirando las viejas – viéjisimas- fotos de mis abuelos o, incluso, de la infancia de mis padres, queda claro que antes, hacerse una foto era un tema muy serio. Para empezar, literalmente te hacías una, porque  eso era trabajo artesanal y no se podían disparar las fotos con la alegría y el derroche de ahora. Así que más te valía no moverte y salir bien guapo, (generalmente subido a una bici de esas con ruedas diferentes o sentado en un banquito al lado de tu hermano/a mayor) porque ibas a tener poquísimas fotografías y sería una pena que salieses mal. Pero eso era antes. Ahora da un poco igual salir mal o bien. Primero, se puede repetir la foto. Segundo, existen Photoshop y sus primos hermanos que igual solucionan un mal constraste que un grano inoportuno. Ya no hace falta ponerse de domingo para hacerse una foto, porque puedes hacerla siete días a la semana, veinticuatro horas al día. Lo bueno es que nuestros descendientes podrán hacerse una idea muy clara de cómo éramos en cualquier circunstancia de la vida (no como nosotros, que sólo conocemos la cara de posar de nuestros bisabuelos). Lo malo es que es bastante probable que terminen hasta las narices de ver fotos nuestras.

Basta abrir Facebook para ver que la era digital permite que ningún momento, por irrelevante que sea, quede sin su foto. Que no me parece mal; tiene su punto tierno y poético eso de querer fijar los recuerdos, atrapar el instante en una imagen para conservar fresca la memoria. El hecho de que lo que se quiera recordar sea la descomunal borrachera que pillaste en Nochevieja o la cara de oso panda que toda mujer maquillada tiene a las cinco de la mañana de un sábado, eso es lo de menos. Cada uno es libre de inmortalizar lo que le dé la gana. Lo que ya me cuesta un poco más entender es la necesidad de que TODO el mundo lo vea. Y por “mundo”, entiéndase el jefe o la tía que se sentaba detrás tuyo en el cole, con la que no hablas desde hace quince años porque en todo ese tiempo no has sentido la más mínima necesidad, y que, sin embargo, has aceptado como amiga en Facebook. Que lo mirarán, no lo dudéis. Y opinarán. Y no me vale eso de “no me importa lo que la gente opine de mí” porque a todos nos importa. Por eso tenemos Facebook (y blog). Y por eso colgamos fotos.

Si es cierta la teoría de algunas tribus en vías de extinción – y del nunca suficientemente ponderado Terry Prattchett- el hecho de tomarte una foto debilita el alma (cuando no te la roba directamente), debemos estar quedándonos secos. Eso sí, tendremos bien documentado el proceso.

1 estupefact@ en “Instantáneas”

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    besos

    Isabella

    Isabella Miranda

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