Sólo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y de la primera no estoy completamente seguro.
A Einstein

gripe1Últimamente lo de estornudar, moquear o toser es casi subversivo. Despiertas sospechas y atraes miradas suspicaces. Es lo que tiene la gripe A: publicidad. Aunque  por más que se esfuerza la tele todavía no hemos llegado a la histeria colectiva y nos mantenemos en una desconfianza moderada, todo llegará.

Mientras tanto, una, que es tan sensible a los bombardeos mediáticos como cualquiera, lleva toda la semana acordándose de un libro de Stephen King - Apocalipsis - que leí hace unos años. La cosa va a así: a causa de un accidente en un laboratorio de alta seguridad, un virus de la gripe hiper contagioso y letal, es liberadapocalipsis-de-san-juan. Dureroo y se extiende rápidamente por todo el planeta. La Humanidad se va a la porra en un visto y no visto, salvo un puñado de personas inmunes al virus.  Dentro de la incomodidad que supone todo apocalipsis, la cosa no está tan mal: todas las construcciones, recursos y conocimientos siguen ahí, listos para ser explotados por quien sepa hacerlo. Es mejor que lo de Mad Max y, ya puestos también es mejor que el siglo XVII. El único problema es que la inmunidad a la gripe funciona como una ruleta rusa: igual sobrevive un psicópata que un santo. O, yendo a lo práctico, un cantante de ópera que un técnico electricista. Eso fue precisamente lo que más me interesó del libro: el reajuste en la valoración social. En un mundo pre-apocalíptico, Messi mola más que un médico de cabecera, un electricista o un jefe de obra. Pero en caso de quasi-extinción, cualquiera con dos dedos de frente preferiría como compañero a los tres últimos, porque es poco probable que un buen gol vaya a salvarte al vida o hacerla más cómoda. De hecho, si yo fuese una superviviente, pondría especial empeño en sobrevivir cerca de un dentista. Desde que hace una semana descubriera lo que es un dolor de muelas en todo su esplendor, siento un nuevo respeto hacia los odontólogos. ¡Qué coño respeto! Siento adoración. Me da igual lo caro que sea: cuando te duele una muela, hay cosas que son irrelevantes. Por eso,  si nos asola una plaga, considero imprescindible la salvación de suficientes dentistas. No tendría ni puta gracia sobrevivir a lo que sea que ha diezmado a la Humanidad y luego desear morirte porque no hay nadie capaz de atajar un atroz dolor de muelas.

3 estupefact@s en “La Plaga”

  1. Yo también he leído ese libro (dos o tres veces) y también lo he recordado mucho durante estos días de -supuesto- terror pandémico.

    Ah, y tienes toda la razón con lo de los dentistas :D

    Besos

    Nanny Ogg

  2. He pasado el agosto encerrado en el piso. Como no tengo tele no han podido acojonarme, pero un día me dió por ir a la playa y me encontré carteles de tipos moqueantes con extraños tonos de piel. Entonces sí que me cagué, no por la gripe, sino por el esmero que dedican a atemorizar y a despistar la atención del empobrecido ciudadano.
    Por cierto, puestos a pillar una gripe, prefiero contagiarme de la A, que mata a muchísima menos gente que la normal.

    Chicho Terremoto

  3. Me preocupa esa devoción exacerbada por los dentistas (teniendo en cuenta que la mayoría no son más que mecánicos de tercera). Los que tienen que sobrevivir son los químicos y farmacéuticos que sepan fabricar medicamentos y drogas, que te duela lo que te duela, te dejan la mar de tranquilito. En fin, que ese libro podría ser de obligada lectura en secundaria para fomentar la FP.
    Al final seguro que lo que nos mata es algo que hayamos inventado nosotros mismos por aburrimiento.

    Un saludo

    Kris

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