Sólo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y de la primera no estoy completamente seguro.
A Einstein

Ahora que se plantean revisar la muy tocacojones normativa sobre líquidos en el transporte aéreo, procede explicar una cosa que ilustra perfectamente a qué nivel de estupidez podemos llegar en aras de la seguridad.

Agosto de 1998. Después de pasar unos días en el pueblo de una amiga murciana, me desplazo a Albacete a pillar el tren de vuelta a casa. El día que pasé allí fue, con diferencia, el más surrealista de mi vida, pero vamos a dejar para mejor ocasión los Encuentros Fascinantes Con Japoneses Raros, las Conversaciones Kafkianas Con El Señor Que Vendía Los Billetes De Tren, el Asesoramiento Turístico En El Ayuntamiento y al Señor Que Se Dio La Nata De Su Vida Y Se Enfadó Porque Le Ayudamos A Levantarse. Tal y como lo resumió uno de mis compañeros (fortuitos: nos unimos un poco por casualidad y un poco para defendernos en un medio hostil): “Aquí vienen Mulder y Scully y se pasan un capítulo sólo para sacar pasta en el cajero“.

Una vez conseguimos subir al tren pareció que lo peor ya había pasado, así que nos relajamos. Mi compi de viaje se echó una siestecita y yo saqué del bolso el libro que estaba leyendo: El Resplandor, prestado muy a regañadientes por sister San que en aquellos tiempos sólo te dejaba algo después de que echaras instancia. Sobre la edición del libro: era en tapa dura y en la portada exhibía un cuchillo ensangrentado. Nada raro: todo el mundo sabe que El Resplandor es una historia de terror.

Pues no, no lo sabe todo el mundo.

Cuando mi compi se despertó propuso ir a tomar un café al vagón restaurante y yo, muy inocentemente, no tuve mejor idea que dejar el libro en el asiento. Total, el tren iba medio vacio – casi todo guiris que hacían Interrail y abueletes que iban a ver a los hijos – y nadie en mi vagón hacía pinta de ladrón potencial de libros de Stephen King. Por supuesto, cuando regresé a mi asiento una hora después, mi libro no estaba. Me está bien empleado por idota.

Si el libro hubiese sido mío, ahí se hubiera quedado la cosa. Pero el libro era de sister San, que por una cosa de estas te puede arrancar las tripas y dárselas de comer a sus peces tropicales. Así que mi compi y yo decidimos que esto-no-se-va-a-quedar-así y nos lanzamos a investigar el Robo: no habíamos hecho ninguna parada desde que nos fuimos al vagón restaurante, así que el ladrón aún estaba en el tren. Empezamos (y acabamos) con el interrogatorio de nuestros compañeros de vagón. El diálogo fue más o menos así:

YO: Disculpe, señora, antes he dejado un libro aquí…

SEÑORA DEL ASIENTO DE AL LADO: Sí, lo he visto…

YO: ¿Ha visto que alguien se lo llevara? Es que ha desaparecido…

SEÑORA DEL ASIENTO DE AL LADO: Emmm, pues… sí. Un señor que pasaba lo ha cogido.

YO: ¿Qué? ¿Y se lo ha llevado así sin más?

SEÑORA DEL ASIENTO DE AL LADO: Sí, bueno, es que ha dicho… que podía ser una bomba.

(En este momento, por motivos evidentes, mi compi de viaje y yo pasamos a ser PERPLEJO y ATÓNITA)

PERPLEJO: Pero… ¿qué era, el revisor o alguien de Renfe o…?

SEÑORA DEL ASIENTO DE AL LADO: No… era un señor que pasaba por aquí.

ATONITA: ¿Y se lo ha llevado así, tan tranquilamente? ¿Qué ha hecho con él?

SEÑORA DEL ASIENTO DE AL LADO: Pues lo ha tirado a la vía.

ATONITA: ¿Pero ustedes no le han dicho que era mío? ¡Si me han visto con el libro!

SEÑOR QUE AQUÍ NO PINTA NADA PERO SE METE EN LA CONVERSACIÓN: Oiga señorita, que el libro llevaba aquí abandonado mucho rato.

ATONITA: El mismo que mi bolsa y a nadie se le ha ocurrido tirarla a la vía, espero (le eché un vistazo al porta equipajes, por si acaso era una afirmación precipitada).

SEÑOR QUE AQUÍ NO PINTA NADA PERO SE METE EN LA CONVERSACIÓN: Sí pero el libro ése tenía pintado un cuchillo con sangre.

PERPLEJO: ¿Me están diciendo que pasa un señor que no es de Renfe, ni lo conocen de nada, coge el libro que una persona ha estado leyendo delante de ustedes, les dice que es una bomba, lo tira a la vía sin asegurarse ni nada, y a ustedes les parece… normal?

SEÑOR QUE AQUÍ NO PINTA NADA PERO SE METE EN LA CONVERSACIÓN: ¡Es que era un libro muy gordo!

Llegados a este punto de la conversación, Perplejo me dijo que cogiera mi bolsa de viaje, pilló su mochila y decidió que pasaríamos el resto del viaje en el vagón restaurante no fuera a ser que nos lincharan o algo peor. La frase: “menos mal que estás tú aquí porque si no tuviera a alguien para confirmar la historia, esto no se lo creía nadie” surgió varias veces en la conversación.

Tengamos en cuenta que esto sucedió hace diez años, antes de que el 11-S nos “volviera” paranoicos de verdad. Hoy en día Petete coge el tren y acaba en Guantánamo.

En aras de la seguridad se hacen cosas muy pero que muy raras.

PS: la única razón por la sister San no me destripó fue porque casi se atraganta de la risa con la historia.

11 estupefact@s en “Peligros de la lectura en un mundo paranoico”

  1. Saludos de mama!

    Pepi

  2. Algún día el libro volverá para vengarse… De hecho he hablado con Stephen y opina que será una gran historia, se titulará “Páginas afiladas” y narrará como unos mamertos que tiran una edición de tapa dura por la ventanilla de un tren empiezan a sufrir una serie de misteriosos accidentes con objetos cortantes tales como tijeras, cuchillos, cutters, blisters de plástico y demás.
    Nunca podrán volver a usar un “abre fácil”.

    Un saludo

    Kris

  3. Que Stephen te oiga! A mí a día de hoy sigue alucinándome que alguien se dedique a coger alegremente algo que supone que es una bomba y lo lanze a la vía sin pararse a pensar que – de ser una bomba realmente- tanto movimiento la puede hacer petar. La estupidez de verdad que es algo fascinante.

    Clarita

  4. Jolín, vaya historia más surrealista. Parece que hayas cogido el tren que va para el pueblo de Amanece Que No Es Poco.

    Milgrom

  5. Pues no me lo había planteado así, Milgrom… no sé yo creo que ese tren pertenecía a otra dimensión en la que nos metimos por error. O puede que es que ese día lleváramos a cuestas una cámara oculta sin saberlo, porque nos pasó de todo.

    Clarita

  6. ¡Madre mía, me he quedado alucinada! Qué situación más surrealista. Pero yo seguramente me habría enfadado muchísimo y hasta puesto una reclamación aunque hubiera quedado en saco roto. ¡Qué caradura! y encima la gente con sus explicaciones ilógicas. Increíble…

    Lucinda

  7. No sé quién era peor, Lucinda, el que me tiró el libro o el que lo encontraba lógico.
    Un amigo mío decía que esta historia acabaría siendo una leyenda urbana…

    Clarita

  8. Va por ese camino. Yo cuando la cuento, no se la creen :(

    Espera un poco, dentro de nada alguien te vendrá a contar lo que le pasó en el tren a la prima de la mejor amiga de su vecina del quinto…

    Nuria

  9. Pdta: Creo q las palabras q usamos en casa cuando se nos explicó la historia fueron algo parecido a “esto es tan surrealista q tiene q ser cierto”.
    Lo cual explica pq sister San no degolló a mi otra sister por perder uno de sus libros favoritos y porque (más importante) le sigue prestando otros, a día de hoy.

    Nuria

  10. Hmmmm… Yo, en este momento estoy dudando entre partirme de la risa por lo surrealista de la historia o acojonarme ante la ignorancia y la histeria de ciertas personas.

    Espero resolver pronto mis dudas y espero que nadie borre mi comentario pensando que es una bomba.

    Besos

    Nanny Ogg

  11. Esta super historia de novela fantástica, que hace mucho conozco, nunca dejará de sorprenderme. A mi lo que me más me fascina es la frase: Es que era muy gordo el libro.Vaya que los libros solo pueden ser de 50 hojas o son peligrosos. JAJAJAJAJA

    Nane

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