Sólo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y de la primera no estoy completamente seguro.
A Einstein

La verdad, andaba un poco despistada con Lisboa. Con otras ciudades, uno sabe más o menos qué hay que ver. Pero con Lisboa, ni papa. Pobrecita, Lisboa, escondida justo bajo la nariz de la Península (a mí lo de la piel de toro me cuesta verlo, desde siempre me ha parecido una cara). No me extraña que engendrara navegantes: a ver qué haces ahí, encajonado, si no es echarte al Tajo y a ver qué pasa. Estuve investigando un poco y me quedé con la impresión de que tienen malísima pata: terremotos. Incendios… Hasta invasiones vikingas. Y eso sin entrar en malos gobernantes y en dictaduras que llegaron a peinar canas. Pregunté por ahí, a gente que también había elegido Portugal para las vacaciones por el sistema de “lo más barato” y la respuesta general fue simplemente: “es muy bonita”.

Y es verdad que lo es. Mucho. De un modo un poco raro porque, por lógica, no debería serlo. Fachadas que se caen a trozos, edificios habitados sólo por palomas. Sedes bancarias impresionantes, abandonadas. Un palacio que se dejó a medio construir, en Belem, con los ladrillos a la vista y un policia vigilándolo, no sea que venga alguien con un poco de hormigón y le dé por acabarlo. Los balcones de metal, oxidados. Grietas por todas partes. Estatuas que deberion ser de bronce, verdes de tanta mierda de pájaro que les ha caido encima. Y siempre, cuesta arriba: hagas lo que hagas, mires el mapa como lo mires, siempre acabas yendo cuesta arriba, hasta dar con el enésimo mirador desde el que puedes ver un lio de tejados rojos; parece que las casas broten unas de las otras. La palabra que me venía a la mente todo el tiempo era desidia. Y resignación: la actitud general parecía ser la del “qué se le va a hacer”… y lo que se hace es nada. Daba un poco de rabia porque hay ciudades que con menos se las han ingeniado para atraer al turismo, que es una hermosa manera de hacer caja. Pero no parecen muy interesados… Igual es que le echan un vistazo a España y les entran escalofríos al ver a lo que se puede llegar si se sigue ese camino.

Lisboa

Y aún así, te tratan bien. Lo cual sorprende un poco porque nadie suele ser agradable con los guiris. No es que sonrían mucho – será cosa de la saudade – pero son muy amables si no les tocas las narices, claro, que cuando les da por la bronca, riéte de la mala leche española. Me gustaron especialmente las abuelas lisboetas y su manera de conseguir que les cedas el asiento en los transportes públicos. Ni mi madre las ganaría en el arte de hacerte sentir culpable. Menuda sutileza gastan las tías.

Y con todo – edificios hechos polvo, abuelas chungas, móvil robado, las terroríficas cortinas del hotel, taxistas que parecen recién salidos del museo de cera, cuestas criminales…- me ha encantado. Todo y nada en concreto: la luz, las calles, las estaciones de metro. Los tranvias. El café. Cómo suena el portugués…

Igual es que también a mí me va la saudade.

5 estupefact@s en “Lisboa”

  1. Puede que ya les vaya bien así, con toda la gente que elige Lisboa por ser lo más barato igual tienen suficiente y no quieren comprobar cómo sería teniendo focos de atracción que provocaran la llegada de cientos de miles más.

    Probablemente no sean amigos de multitudes y prefieran la tranquilidad y el silencio.

    Un saludo, Clarita.

    Miss Sinner

  2. La verdad que para aguantar lo que aguantamos en España mejor se quedan como están. Tranquilitos con sus abuelas chungas y su saudade.

    A mí, desde luego, me entraron ganas de visitar Lisboa.

    Besos

    Nanny-Ogg

  3. Tia, pues si vas a Oporto te cagas, porque es todo eso… pero más.

    Y yo, ¿quién era?

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    Atónita y Perpleja

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